martes, 5 de noviembre de 2013

Reforma Agraria.


La Reforma Agraria y la formación del nuevo Estado revolucionario: 1920-1928.
El campesinado como un nuevo actor social.

Portillo Motte Óscar Augusto
FFyL-UNAM [noviembre 2013]

Introducción.

A lo largo de toda la historia de México la lucha por la tenencia de la tierra ha sido una constante, sobre todo en las últimas décadas del siglo XIX y principios del XX, donde los principios del liberalismo atentaron de manera directa contra la propiedad de la tierra (principalmente de pueblos y el clero), estableciendo nuevas formas de explotación agrícola y por ende diferentes relaciones sociales de producción. Esto originó que cierta parte del campesinado mexicano a principios del nuevo siglo decidiera sumarse a la revolución, enarbolando de cierta manera los principios del zapatismo, el cual buscaba una restitución de tierras a sus antiguos propietarios. Esta bandera fue retomada posteriormente por ciertos grupos políticos como principio supremo de la revolución, y bajo el cual debía dirigirse e instaurarse el nuevo gobierno que de esta emanara. La reforma agraria constituyó el corpus de una serie de demandas sociales que surgieron al calor de la misma lucha armada y la cual había sido apoyada por un sector social que hasta ese momento no había tenido una participación en la vida política nacional, el campesinado.
     Para la década de 1920 el campesinado representaba la mayor fuerza política del país, pues su participación en lo años previos le había dado un lugar preponderante en la vida política nacional, es así que a partir de esta década comienza a representar uno de los grupos de presión más importantes debido a la organización política que en esos años se estaba conformando. El movimiento campesino representa la inclusión de las masas en las decisiones nacionales, y fue un actor clave para comprender las decisiones en relación a la reforma agraria que el gobierno del grupo Sonora intentaba instaurar. A lo largo de esta década podemos observar la resistencia a una serie de reformas en relación a la propiedad de la tierra, de las cuales los movimientos campesinos apoyaron o en determinado caso frenaron, lo que significó que el nuevo Estado revolucionario tuviera de base el apoyo político de la clase campesina. En los años que pretendemos abordar en esta investigación, nos centraremos precisamente en el papel del campesinado en las decisiones políticas tomadas por el gobierno, para instaurar la reforma agraria y ver cual fue la participación política que tuvo durante estos años, los cuales fueron completamente decisivos para entender la reforma agraria en los años posteriores, específicamente en la época de Cárdenas.
     Partimos del supuesto de que la radicalización campesina en México se debe a la influencia externa, precisamente de la revolución rusa y la II internacional, ideas que permearon en este país debido a la reciente efervescencia política generada por la revolución mexicana, y a raíz de esto se puede comprender justamente ese devenir histórico en relación a las necesidades de implementar en México una forma de explotación de la tierra basada en el ejido, contrariamente a lo que manejaba el discurso oficial, que apoyaba la división parcelaria de la tierra a través de la pequeña propiedad privada, con el objetivo de insertar a México en el concierto de la economía mundial.

La reforma agraria como forma de mistificación social.

Para el periodo de 1920-1928 años en los que se consolidó el grupo Sonora en el poder, la cuestión agraria era un problema del cual no se podían deslinar los gobernantes mexicanos, debido a la creciente demanda surgida por parte del campesinado en relación a la repartición de tierras, petición que surgió al calor la lucha armada de la revolución. Esto representó uno de los principales problemas del grupo en el poder, debido al creciente descontento de los sectores populares rurales, quienes propugnaban por la destrucción total del latifundio porfirista y proponían otra forma de estructura agraria nacional, orientada hacia la explotación colectiva de la tierra. Si bien Obregón y posteriormente Calles consideraban al problema agrario como una cuestión que debía ser atendida a la brevedad posible, dentro de la concepción de estos no cabía la idea de una repartición agraria dirigida a transformar radicalmente las relaciones de propiedad existentes.
     Para inicios de la década de 1920 aparecieron en la escena pública partidos que enarbolaban las causas de la lucha campesina, principalmente las demandas de la facción zapatista, cuyo líder, Emiliano Zapata, había sido asesinado años atrás (1919). Este grupo logró posicionarse dentro de la esfera política nacional y formar el Partido Nacional Agrarista, bajo la tutela de Antonio Díaz Soto y Gama, un antiguo militante del zapatismo, quien tenía la convicción de llevar a cabo una reforma agraria que reivindicara el papel del campesinado en la lucha revolucionaria. De esta manera el PNA iniciaría un periodo de transición entre la lucha campesina armada y la lucha social, aunque sus postulados teóricos en relación a la reforma agraria no diferían mucho de la política oficial, la creación de este partido fue un importante aliciente para la conformación de los movimientos campesinos en los años posteriores y la participación de estos en la vida política nacional.[1] Si bien los postulados teóricos de este tipo de partidos políticos no planteaban una radicalización en cuanto a la modificación de las estructuras de propiedad de la tierra en México, es importante reconocer la labor realizada en los años previos a la reforma agraria cardenista; uno de los factores en los que comúnmente suelen caer los historiadores, son las comparaciones en relación a los repartos agrarios realizados en otras partes del mundo, el ejemplo más claro de esto fue el realizado en la Unión Soviética con la creación de las granjas colectivas.
     Es importante realizar un paréntesis en este punto, para dejar en claro algunas ideas en relación a los postulados ideológicos que propiciaron la reforma agraria en México, y entender el vínculo de la problemática nacional con el mundo en la segunda década del siglo XX. La época que analizamos se centra en un periodo en la cual las estructuras sociales, económicas y políticas de la sociedad burguesa del siglo XIX están desapareciendo, para abrir paso a lo que Hobsbawm ha denominado como la revolución mundial, una época en donde la revolución Bolchevique representó una esperanza para los pueblos del mundo y una influencia de tales dimensiones en el aspecto ideológico, que la aparición de esta así como los de otros movimientos sociales en el siglo XX no fueron una mera casualidad.[2] Si bien la Revolución Mexicana difiere en bastantes aspectos de la rusa, sobre todo en la cuestión ideológica, no se puede negar la influencia de esta sobre los movimientos sociales de los años veinte y la radicalización de estos, cuestión que motivó a muchos gobiernos del mundo en donde la amenaza de una revolución estaba latente, a apaciguar estos con reformas sociales que acallaran los ánimos de un inminente estallido social, como es el caso de países conservadores y contrarrevolucionarios como Finlandia y Rumania, que tuvieron que implementar una improvisada reforma agraria para aplacar el descontento de sus pobladores, algo parecido a lo que sucedió en México en la segunda década del siglo XX.[3]
     Cerrando este paréntesis y regresando a la cuestión que nos atañe, los principios ideológicos de la reforma agraria mexicana estaban basados en lo señalado en el artículo 27 constitucional, el cual estipulaba en primera instancia la restitución y dotación de tierras a los campesinos que se encontraran desposeídos de ellas, fraccionando a los latifundios para el desarrollo de la pequeña propiedad privada. El objetivo fundamental y eso está claro dentro del mismo discurso revolucionario, es terminar con las relaciones sociales y de producción de carácter feudal y precapitalista que imperaban antes de la revolución.[4] Llevando a cabo este tipo de reforma enfocado a las distribuciones de tierras en pequeñas propiedades, el Estado crearía una nueva clase media rural, que llevara a cabo de manera armoniosa el desarrollo del sistema capitalista y por ende la ampliación del mercado interno. Es clara la orientación ideológica de la constitución de 1917, instruida por el liberalismo,  pero lo importante a analizar aquí es observar cuál fue la reacción del campesinado mexicano, principalmente el del centro del país, el cual dentro de su visión del mundo no podía concebir otra forma de tenencia de la tierra que no fuera la de la propiedad comunal. Para este sector del campesinado es bastante claro que la protección de la propiedad privada es un atentado contra las demandas que se formaron durante la lucha revolucionaria y por esta razón surge una radicalización del movimiento campesino en México.  
     Como bien lo mencionamos anteriormente es innegable la influencia del socialismo a nivel mundial y relacionándolo al contexto nacional, este tuvo una clara influencia en distintos movimientos agrarios regionales, como es el caso de Michoacán, Veracruz y Yucatán, en donde los gobernadores representan el ala radical agrarista de la revolución, inspirados principalmente por el marxismo y la idea de una sociedad igualitaria. Para los años veinte estos estados representan el principal foco de insurrección campesina en el país, en donde hay un claro rechazo a la política oficialista vinculada al reparto agrario.[5] Esto surge en relación de la aparición de nuevos actores sociales en el periodo que abordamos, los cuales ejercen cierto tipo de presión al gobierno federal para efectuar una serie de demandas sociales por las cuales propugnan, presión a la cual el gobierno tiene que ceder y por ende acelerar el trámite de dotación y restitución de tierras en el país.
     Un problema bastante común durante los primeros años de la década de 1920 fue el incipiente reparto agrario efectuado por los gobiernos de Obregón y Calles, debido a la tardanza y a la burocratización de los trámites agrarios que se efectuaban en aquellos años, los cuales tenían un sinnúmero trabas e intereses de por medio, uno de los principales conflictos generados de esta serie de tramites fue la resistencia de la antigua y nueva clase terrateniente mexicana, la cual lanzó una contraofensiva contra este proceso de repartición, mediante la formación de cuerpos armados que se dedicaban a defender las grandes propiedades agrícolas del país, lo cual generó una serie de enfrentamientos entre la burguesía terrateniente y el campesinado que reclamaba la tierra.
     Principalmente esta serie de conflictos se llevaron a cabo en el altiplano mexicano, donde todavía se conservaban las viejas estructuras oligárquicas de la época porfiriana y donde esta clase socialmente mejor acomodada, naturalmente mostraba cierta reticencia a las expropiaciones de parte del gobierno.[6] Cuestión que contrastaba directamente con la región del centro del país, en donde la mayor parte de la lucha armada había reivindicado el reparto agrario bajo la bandera del zapatismo y por ende fueron las primeras beneficiadas del reparto agrario del nuevo gobierno de la revolución.[7]
     Sobre estas cuestiones es como podemos entender la disimilitud bajo la cual se llevaron a cabo los primeros repartos agrarios en México, donde el gobierno tenía que ceder a los distintos grupos de presión del campesinado, principalmente en la región del centro y sur del país, contrastando con la situación del norte, donde los principios de la revolución agraria nunca fueron una prioridad como tal y donde una buena parte de los generales revolucionaros pudieron asentarse como grandes y medianos propietarios en las haciendas confiscadas durante la fase armada de la revolución. Es evidente que la presión emanada desde las clases subalternas del campesinado fue de una intensidad variable y de esto se debe la disparidad con la que se llevó a cabo el reparto agrario en la época que abordamos.
     Contrariamente a lo que se pueda pensar, el nuevo Estado revolucionario en sus primeros años tenía la firme convicción de destruir la vieja estructura agraria del porfiriato basada en los latifundios, y sustituirla por otra forma de propiedad, una en donde el pequeño agricultor fuera la base de la economía agrícola, cuestión que como bien sabemos era contraria a la posición adoptada por los sectores radicales de la revolución. Obregón y Calles como hombres formados bajos los principios del liberalismo, tenían esta concepción en relación al reparto agrario, y en una primera instancia podemos observar la dinámica de las primeras restituciones de tierras, las cuales iban encaminadas a apaciguar los conatos de rebelión por parte de un sector del campesinado; esta fue la base de la política agraria obregonista, basada en los repartos agrarios como un instrumento mediante el cual el gobierno podría apaciguar la fuerza del naciente movimiento agrario y contrarrestar su fuerza política, para sumar al campesino a las filas del gobierno en caso de una inminente rebelión por parte de grupos políticos disidentes y de esta manera asegurar el ejercicio del poder.   
     Debido a esta presión el gobierno obregonista tuvo que ceder a los distintos grupos que reivindicaban la reforma agraria como parte integral del nuevo gobierno de la revolución; en el cuatrienio de Obregón se repartieron cerca de 1 200 000  hectáreas, cantidad irrisoria si consideramos el número de campesinos sin tierra que había en México en aquellos años.[8]
     Pese a esto en la concepción del gobierno nunca se dejó de lado la idea de transitar hacia la propiedad privada, ya que Obregón consideraba que la restitución de los ejidos no podía ser un fin en sí, tan sólo era una necesidad política inevitable. Para estos hombres la necesidad de fraccionar a México en un país de pequeños agricultores era una aspiración y el medio por el cual la sociedad agraria mexicana podría transitar en un determinado periodo de tiempo hacia el capitalismo.
     Como bien  lo mencionamos, la radicalización del movimiento campesino en México surge de un sentimiento de rechazo e insatisfacción hacia las medidas reformistas que el nuevo gobierno de la revolución estaba efectuando, en relación al reparto agrario, y es fácil de entender, sobre todo si consideramos el factor de que hace ya muchos años que se había iniciado en México un movimiento revolucionario, y como consecuencia las grandes masas de campesinos sin tierra se habían unido a este, y al ver que las demandas por las cuales se unieron a la rebelión no se estaban satifasfaciendo, podríamos considerar como algo natural la insurrección. Careciendo de una ideología política definida y por lo tanto de una conciencia de clase, los grupos campesinos en México en plena organización comienzan a sentir que el mismo Estado que ayudaron a forjar años atrás los está excluyendo, debido a que las demandas sociales que proponen no están siendo escuchadas.[9] Como consecuencia de esto podemos observar que durante los años veinte se forman las ligas agrarias de resistencia, en los estados donde los gobernadores han radicalizado sus posturas de gobierno (Veracruz, Yucatán).
     Con estos primeros repartos efectuados en la época de Obregón, podemos observar que la reforma agraria se está efectuando como una forma de mistificación social, debido a que el gobierno temeroso de la violencia que pueden ejercer las masas por medio de la insurrección, se ve obligado a aceptar la repartición de ciertas dotaciones de ejidos, pero esto tiene un trasfondo de carácter económico. El reparto agrario de esa época se llevaba a cabo bajo una lógica de salvar a la propiedad privada por medio de la reforma agraria, es decir, el ejido sería solamente una medida transitoria, una escuela en donde los ejidatarios podrían ser capaces de transformarse en campesinos propietarios. Rodolfo Stavenhagen menciona que por medio del ejido, se transita hacia una nueva forma de posesión de la tierra, este sistema otorga la tierra a las comunidades de agricultores, pero en teoría es propiedad del Estado. Los campesinos tienen derecho a cultivar individualmente una parcela de tierras, si bien se trata de una tenencia colectiva, desde el punto de vista económico la mayoría de los agricultores son minifundistas.[10]
     Siguiendo el trasfondo de esta medida transitoria, el verdadero objetivo seguía siendo el reforzamiento de las relaciones de propiedad que la facción liberal de la revolución había proyectado, esto es, unas relaciones de propiedad privada, pero acomodadas a las nuevas relaciones sociales y económicas, que tenían como mira la modernización de México, convirtiéndolo en un país capitalista, emprendedor y progresista.[11]
     Con la llegada de Plutarco Elías Calles a la presidencia de la república el sistema de dotación y repartición de tierras toma un viraje completamente diferente al que pudimos apreciar durante la presidencia de Álvaro Obregón, si bien en el cuatrienio anterior la reforma agraria se llevó a cabo por medio de la presión de ciertos sectores sociales, en este periodo se torna un poco más conservador por parte del gobierno. Con Calles en el poder se inicia un proceso de legislación en relación a la propiedad de la tierra, con la denominada Ley de Patrimonio Ejidal de 1925, la cual planteaba en un principio la división de los ejidos constituidos, en parcelas individuales y señalaba la intervención del Estado en la vida interna de estos.[12] Con esto se observa una intención de reforzar la gran propiedad privada, es decir, el Estado se declaraba partidario de la acumulación de tierra en grandes extensiones, con el objetivo de transitar de una manera más ágil y eficaz al amplio desarrollo de una economía capitalista.
     En base a esto el gobierno mexicano proponía la desaparición gradual de los ejidos, con la idea de que esta medida transitoria solamente rezagaba la economía nacional, condenándola a un letargo en cuanto a la modernización de las técnicas de producción. Por esta razón el gobierno aumentó los requisitos necesarios para el trámite de dotación de ejidos, con el fin de proteger a los propietarios.[13]  Con esto el gobierno implementó una serie de medidas para aumentar la producción del sector agrícola encaminada a la tecnificación y modernización de las mismas; Calles, partidario convencido del fracaso de la reforma agraria, debido a que en el periodo anterior las tierras repartidas no tuvieron el final esperado, debido a un mal manejo por parte de los ejidos, principalmente porque en algunos casos las parcelas repartidas crearon una nueva forma de explotación del campesinado, cacicazgos, acaparación de tierras, usura, etc.[14] Por esta razón el gobierno dejó de considerar al problema de la tierra como una cuestión política, para asegurar la modernización del país a partir de la técnica.
     La iniciativa privada representaba para el gobierno la única alternativa para sacar de las esclerosis al campo mexicano, por medio de la creación de instituciones de crédito para el fomento de la agricultura, construcción de caminos, vías férreas y la implementación de modernos métodos de cultivo, el gobierno podía cooperar con la iniciativa privada para la revitalización del campo. De cierta forma esto no constituyó la destrucción total o parcial del ejido, sino un nuevo mecanismo que sustituyera la explotación colectiva de la tierra, por uno que propició la posesión individual de la misma. Arnaldo Córdova menciona que a partir de la instauración de las leyes de reparto ejidal en la época de Calles, este cobró una acepción que sigue teniendo hasta nuestros días, es decir, el conjunto de tierras dadas en propiedad a un grupo de población, mediante dotación o restitución, desde entonces el ejido dejó de ser una regla, pero continuo siendo una forma de explotación colectiva de los pueblos: lo fundamental pasó a ser el modo individual de explotación mediante el emparcelamiento de las tierras dedicadas al cultivo y a la asignación de parcelas, en usufructo, a los campesinos jefes de familia.[15]
     Aún con todo este tipo de medidas para frenar gradualmente la reforma agraria, Calles, a pesar de su reticencia, tuvo que ceder al descontento cada vez más generalizado y entregar a los campesinos poco más de 3 000 000 de hectáreas, el triple de lo que habían otorgado los presidentes que le antecedieron. Pero estas tierras repartidas se entregaron según las normas estipuladas por el propio gobierno, es decir, los ejidatarios se convirtieron en pequeños minifundistas.[16] 



[1] Gómez-Jara, Francisco A. El movimiento campesino en México, México, Editorial Campesina, 1970, p29.
[2] Hobsbawm, Eric, “La Revolución Mundial” en Historia del siglo XX, Buenos Aires, Editorial Crítica, 2007, p 63.
[3] ibidem p 74-75.
[4] Guntelman, Michel, Capitalismo y reforma agraria en México, 3ed, México, Ediciones Era, 1977, p 23.
[5] Francisco Gómez-Jara, El movimiento campesino en México, p 54.
[6] Tobler, Hans Werner, “Los campesinos y la formación del Estado Revolucionario: 1910-1940” en Friedrich Katz (comp.), Revuelta, rebelión y revolución. La lucha rural en México del siglo XVI al siglo XX, 2ed, México, Ediciones Era, 2004, p 440-441.
[7] ibidem p 440.
[8] Dulles, John W.F., “El general Obregón y el reparto agrario” en Ayer en México, México, Fondo de Cultura Económica, 1979, p 97.
[9] Francisco Gómez-Jara, El movimiento campesino en México, p 25
[10] Stavenhagen, Rodolfo, Las clases sociales en las sociedades agrarias, 4ed, México, Siglo Veintiuno Editores, p 94.
[11] Córdova, Arnaldo, La ideología de la Revolución Mexicana. La formación del nuevo régimen, 2ed, México, Ediciones Era, 1973, p 333.
[12] Guntelman, Michel, Capitalismo y reforma agraria en México, p 96.
[13] Ley Bassols: 1927
[14] Córdova, Arnaldo, La ideología de la Revolución Mexicana… p 332-333
[15] ibidem p 335-336.
[16] Guntelman, Michel, Capitalismo y reforma agraria en México… p 97.

lunes, 14 de octubre de 2013

Análisis cinematográfico.


Kamchatka: "El lugar donde resistir"




Portillo Motte Óscar Augusto 
 FFyL-UNAM [junio de 2013]


¿Por qué analizar las problemáticas del pasado a través del cine?  

 Analizar problemas históricos a través del cine permite al investigador tener en cuenta otro tipo de interpretaciones acerca del pasado, utilizando como herramienta de estudio el discurso cinematográfico, en donde a través de los ojos del director o realizador de cada film, se pueden apreciar otro tipo de miradas o realidades completamente distintas a las que nos ofrecen los textos escritos. Por medio de herramientas visuales como el cine y la fotografía, es posible acceder a otra forma de observar la realidad en donde el análisis de cuestiones políticas, económicas y sociales toman otro sentido de interpretación. Esto no quiere decir que las denominadas nuevas fuentes carezcan de objetividad, sino que a partir de estas podemos tomar en cuenta otro tipo de elementos que nos ayuden a reconstruir el pasado e incurrir en otro tipo de problemáticas. Es así que mediante el análisis del discurso del cine podemos recrear de cierta manera aspectos del pasado que no necesariamente tienen que ser una reproducción fiel del mismo.
     Sobre esto último quisiera hacer notar que la mayoría de las películas que abordan un hecho histórico, se montan bajo un sentido de ficción y a partir de esto es donde podemos encontrar elementos que nos permitan realizar una lectura histórica del cine. Estas son cualidades necesarias para poder realizar un estudio a fondo de fenómenos histórico-sociales por medio del discurso cinematográfico, en el cual se pueden obtener varios elementos que hacen de una película no sólo una mera expresión cultural dirigida a un cierto sector de la sociedad, sino un instrumento con  una profunda carga  ideológica. Ya que el cine forma parte de una industria cultural, en donde predomina una ideología dominante, siendo este un producto que se encuentra completamente politizado, sujeto a una determinada hegemonía y difusor de las ideas de masas.[1]
      Es por esto que a través del análisis cinematográfico podemos extraer ciertos elementos que nos ayuden a vislumbrar cual es la construcción ideológica de un film, debido a que el cine es una expresión cultural de una época y por tanto es necesario tomar en cuenta elementos que nos ayuden a comprender cual es el contexto político, económico y social en el que se realiza y las connotaciones que implica.[2]
     El trasfondo de las películas no es neutro, puesto que se haya impregnado de la ideología dominante. Esta ideología es el contenido mismo del cine y bajo este precepto fundamental es donde se difunden las ideas dominantes, las cuales responden a un determinado contexto histórico.
     A partir de lo anteriormente expuesto me propongo analizar en este breve ensayo la película Kamchatka[3] (adaptación del libro de Marcelo Figueras que lleva el mismo nombre), obra del director Marcelo Piñeyro y presentada en el año 2001. Esta película se ubica en el contexto histórico del golpe militar en Argentina a mediados de la década de 1970 y es parte de una serie de films sobre la dictadura militar en ese mismo país. Cabe mencionar que es una cinta de reciente aparición, comparada con otras que salieron a la luz inmediatamente después de finalizado el Proceso de Reorganización Nacional. Esta obra como bien se mencionó anteriormente está situada cronológicamente en el inicio de la dictadura cívico-militar argentina, la cual responde a un contexto histórico de carácter global como es la guerra fría.
     A través de este contexto general podemos situar históricamente la trama central del film a analizar, la cual se desarrolla en los gobiernos militares de América del Sur en los años setenta, que fueron consecuencia, muchos de ellos de la Doctrina de Seguridad Nacional ejercida por los Estados Unidos en materia de política exterior, lo que trajo como consecuencia una serie de gobiernos cívico-militares en países del cono sur, como Uruguay (1973), Chile (1973) y Argentina(1976). 

I.- Kamchatka: El lugar donde resistir.
Para iniciar el análisis cinematográfico del film, es necesario abordar la trama central del mismo; Kamchatka es una cinta en donde se cuenta la historia de una familia argentina en los días posteriores al golpe de Estado de Jorge Rafael Videla (1976), de la cual el director no ofrece la información necesaria para conocer a cada uno de estos personajes, sólo sabemos cuales son los roles que cada uno ocupa, como el padre de familia que es abogado, la madre científica y los dos hijos de este matrimonio, los cuales aún son unos niños. La historia se centra principalmente en Matías, el hijo mayor de esta pareja, en donde a través de este podemos conocer la historia de su familia en el inicio del Proceso de Reorganización Nacional.
     La historia comienza con la huída de la familia a una finca en las afueras de Buenos Aires, en donde por motivos completamente desconocidos para el espectador tienen que ocultarse, aunque se puede inferir que son perseguidos políticos por el régimen en turno. Es así que Matías y su hermano menor “El Enano” son arrancados de su modus vivendi habitual, para llevar una vida alejada del ajetreo político y social por el que atraviesa el país en esos momentos. Al principio parece ser una situación bastante incómoda para los dos hermanos, ya que dejaron atrás a sus amigos, la escuela y la vida que conocían; debido a la persecución de la que es victima la familia, los padres deciden adoptar nombres falsos, con la intención de no ser reconocidos por los militares que se encuentran en su búsqueda, es así que cambian su apellido a familia Vincent.
     Tras una temporada en la finca los dos pequeños se han acostumbrado completamente a la vida en ese lugar, (cabe mencionar, que es en donde se desarrolla la mayor parte de la trama del film) por lo que su estadía ahí se vuelve más tolerable. Un día reciben a un invitado en la finca, un joven de nombre Lucas, quien también por motivos políticos es obligado a ponerse ese nombre. Este personaje resulta ser todo un misterio para los dos niños, por no saber nada acerca de él.
     El tiempo pasa y la situación política de los padres no mejora, sabiéndose perseguidos y con los militares pisándoles los talones, deciden dejar a sus hijos con sus abuelos paternos, siendo esta la única opción viable para salvaguardar la vida de los pequeños, siendo este momento la última vez que Matías verá a sus padres.  

II.- Una representación onírica de la dictadura.
     A través de la voz en off de Matías quien es el narrador de esta historia, nos podemos dar cuenta de muchas cuestiones acerca de este periodo, sobre todo de aspectos que en diversas ocasiones las obras escritas no muestran. Una particularidad de esta película es que exhibe el factor psicológico de los perseguidos por la dictadura y esto lo podemos observar a través de la representación que hace Matías de esta, quien desconoce totalmente los motivos por los cuales tuvieron que dejar su hogar y trasladarse a la finca, y a través de ciertos elementos puede hacer una interpretación de la realidad por la que atraviesa su familia. Por medio de la serie de televisión Los Vengadores, el escapista Harry Houdini (de quien toma el nombre) y el juego de táctica y estrategia T.E.G., el joven protagonista utiliza la ficción no como un medio de escape de la realidad, sino como una forma de conocimiento y aprendizaje, cuestión que le ayuda a tener una mejor comprensión de la situación por la que atraviesa y tratar de comprender lo que está pasando.[4]
     Harry (Matías) a través del juego táctica y estrategia aprende la importancia de la resistencia, de Houdini, que hay que escapar a cualquier precio y de Los Vengadores, que no puede diferenciar si las personas son amigas o enemigas, estos elementos le ayudaran a nuestro protagonista a asimilar la realidad y estás cuestiones serán determinantes por el resto de su vida.[5] De esta manera podemos observar como el director trata de construir un discurso por medio de estos elementos, que al ser utilizados como metáforas nos proporcionan una idea de cómo un niño como Matías concibe fenómenos histórico-sociales, factor por el que podemos analizar ciertos aspectos de la dictadura argentina a través de las vivencias de este personaje.
     Una de las críticas que se le pueden hacer a Kamchatka, es el discurso político que maneja, que si bien es una radiografía de los perseguidos y desaparecidos por la dictadura argentina, esta hace una crítica bastante laxa sobre los opresores, debido a que en la mayor parte del film estos no aparecen y hay poca mención hacia ellos. Las referencias directas a la dictadura son escasas, quizá la más clara es el noticiero que se logra entrever a través del televisor en la escena de la sala; pero considerando que la intención de la película no es proporcionar datos sobre este proceso histórico, a pesar de que la película se monte en este periodo, podemos obtener pocas referencias sobre este tema.
     Si bien el factor político no está del todo presente en la trama, la forma en la que está construido el discurso de la cinta nos revela que no es necesario tratar el tema de la política ni de la violencia, para transmitir el sentimiento de los protagonistas con respecto a la situación que padecen. Tras los lazos formados en la finca por cada uno de los integrantes de la familia de Matías, es posible hacer un análisis de la situación que se vivía en aquellos años, en donde el peligro de ser sustraídos por militares era una constante.
     Es así que a través de este film podemos hacer una reconstrucción histórica sobre la historia de los desaparecidos en la dictadura argentina, si bien este no es un caso verídico, se retoman distintos elementos de carácter psicológico que nos permiten tener una aproximación a este fenómeno histórico. Y como muchos otros casos con características similares, esta película nos ofrece una aproximación al clima de violencia y represión política de aquellos años, con lo que podemos establecer como era la vida de todas aquellas personas que vivían ocultas por temor a que fueran desaparecidas por el gobierno.
     En cuanto a la forma narrativa de esta película podemos decir que no había una intención de innovar o realizar contribuciones al caso de la dictadura militar argentina, debido a que hay un sinnúmero de cintas que abordan este proceso desde distintas perspectivas. Sino que la verdadera contribución de este film, es mostrarnos este duro proceso desde otra óptica, que es el elemento en donde podemos observar la carga ideológica de Kamchatka, debido a que es una película concebida para la distribución a nivel de masas y reproductora de la ideología dominante, que en este caso sería el de darle otra interpretación a este proceso histórico.

Consideraciones finales.
Para concluir este breve ensayo quisiera resaltar la utilidad del cine como elemento de interpretación de la historia, que en este caso se vio ejemplificado con la película anteriormente descrita, la cual puede servir como documento de carácter histórico en más de un sentido; este tipo de producciones cinematográficas son una forma de explicar el exceso de memoria histórica de la sociedad argentina sobre el cruento periodo que representó la dictadura. Podemos decir esto, debido a que hay gran variedad de películas que abordan este proceso desde variados puntos de vista y abordando distintas problemáticas. De esta manera nos es posible observar como a partir de esto hay una tendencia a analizar este caso desde otras perspectivas, no en la representación grafica del aspecto político, económico y social, sino a partir de la intimidad de una familia que sufre las persecuciones políticas.
     En este sentido es posible hacer un análisis de lo que representa este periodo histórico para la sociedad argentina en la actualidad, la cual se niega completamente a olvidarlo y que en ocasiones este discurso sirve como instrumento de legitimación del poder de los actuales gobiernos en este país. Un fenómeno que no es privativo solamente del caso argentino, sino de muchos gobiernos que en su reciente historia atravesaron por gobiernos dictatoriales.

Bibliografía.
- Max Horkheimer, “La industria cultural” en Dialéctica de la ilustración, Madrid, Akal, 2007, p. 133-181.
- Rosenstone, Robert A., El Pasado en Imágenes. El desafío del cine a nuestra idea de la historia, Barcelona, Ariel, 1977, p 13-74.
- Van Dijk, Teun. Algunas notas sobre la ideología y la teoría del discurso en Semiosis, (Universidad Veracruzana, Xalapa, México), no.5, julio-diciembre, p. 37-53. (versión electrónica).

Fuentes electrónicas.
Mora, Rosa, ‘Kamchatka’ narra la triste y tierna historia de un hijo de desaparecidos, El País digital [En línea], Barcelona, 16 de noviembre de 2003, noº 9,666, [fecha de consulta: 10 de junio de 2013].
Disponible en: elpais.com/diario/2003/11/16/cultura/1068937204_850215.html

Filmografía.
Marcelo Piñeyro, Kamchatka, Argentina-España, 2001, 107 min.



[1] Max Horkheimer, Theodor W. Adorno, “La industria cultural” en Dialéctica del iluminismo, Madrid, Akal, 2007, p. 133-181.
[2] Van Dijk, Teun. Algunas notas sobre la ideología y la teoría del discurso en Semiosis, (Universidad Veracruzana, Xalapa, México), no.5, julio-diciembre, p. 37-53. (versión electrónica)
[3] Marcelo Piñeyro, Kamchatka, Argentina-España, 2001, 107 min.
[4] Mora, Rosa, ‘Kamchatka’ narra la trite y tierna historian de un hijo de desaparecidos, El País digital [En línea], Barcelona, 16 de November de 2003, noº 9,666, [fecha de consult: 10 de junior de 2013]. Disponible en: elpais.com/diario/2003/11/16/cultura/1068937204_850215.html
[5] ibidem

domingo, 13 de octubre de 2013

Historia agraria.


Tenencia de la tierra y explotación agrícola en la época porfiriana.

Portillo Motte Óscar Augusto
FFyl-UNAM [diciembre 2012] 


I.- Un acercamiento al problema.

Los problemas por la tenencia de la tierra en México han sido una constante a través de su historia, ya que este ha sido un problema clave para entender diferentes tipos de levantamientos, revueltas, insurrecciones y revoluciones que tienen de base el arraigado conflicto agrario. La Revolución Mexicana significó un hito en la historia de las revueltas agrarias en México, porque gracias a ésta, todas las problemáticas históricas relacionadas con la propiedad de la tierra tuvieron su válvula de escape, y fue el medio principal, por el cual todas las demandas de la clase campesina pudieron ser escuchadas.
     El tema elegido en ésta breve ensayo es el del problema por la propiedad de la tierra surgido entre las haciendas y los pueblos, un conflicto que tiene sus orígenes desde la época colonial; principalmente en la región del centro de México, en donde se había instaurado el sistema de haciendas a la sobra de las comunidades indígenas, las cuales, crecieron como un mal endémico que carcomió el tejido y las estructuras sociales de los pueblos durante la época colonial y que tuvieron un recrudecimiento de vital importancia durante el porfiriato. 
     A partir de esta generalidad que podemos encontrar prácticamente en zona la central de México y el Bajío, donde se había consumado desde la época colonial procesos de incorporación de haciendas a comunidades, las cuales habían integrado a parte de la población local como peones o servicio doméstico, otorgándoles una parcela para la subsistencia familiar, donde la escasez de circulante monetario y las dificultades pecuniarias de los dueños favorecieron la formación de tiendas de raya, en donde se les entregaba a los trabajadores alimento, vestido y utensilios en lugar de salario, y en otros casos las haciendas asestaron golpes encaminados a la usurpación y el despojo de la propiedad comunal de los pueblos.[1]
     Todo esto como consecuencia de la penetración de la Revolución Industrial a México, que se llevó a cabo durante la presidencia de Porfirio Díaz, y con base en los procesos de producción modernizadores que trajo el sistema capitalista, se modificaron por completo las estructuras económicas del país, lo cual repercutió en todos los ámbitos y sectores de la sociedad porfirista. Estas transformaciones económicas modificaron por completo las viejas relaciones sociales heredadas del antiguo régimen, cuestión que se vio reflejada en el ámbito rural y en el sistema de haciendas de la región del centro de México. El cual tuvo una repercusión de vital importancia, debido a que en algunas zonas, la hacienda era vista por sus dueños como una empresa de carácter capitalista, en la cual lo más importante era el rendimiento económico y la apertura a nuevos mercados, por lo que esta modernización fue causa poderosa de la modificación de estructuras económicas y sociales.[2]

I.-Revolución Industrial y transformación de la política agraria.

     En una era de revolución tecnológica y concentración del capital como lo fue el siglo XIX, los procesos de modernización del sector agrícola e industrial no eran exclusivos de los países desarrollados, sino que a través de la transformación del mercado y la ampliación de este a otras regiones del planeta, la producción se llevó a gran escala, modificando por completo las relaciones sociales de producción en los países a los que el capitalismo se expandía.[3] Bajo este contexto general se puede explicar la transformación del agro mexicano en el periodo porfirista, porque si bien, no hay que pensar en el México de fines del siglo XIX como un proceso histórico aislado del mundo, sino que todos las trasformaciones de carácter político, económico y social son producto de una condicionante histórica que se estaba desarrollando a nivel global en la época. De esta manera es como se introduce de manera formal el capitalismo a México a mediados del siglo XIX y con esto la modernización de los medios de producción a nivel industrial y agrario.
     Podríamos considerar como una determinante de todo este proceso que se vive a nivel global, las leyes con respecto a la propiedad de la tierra que se establecieron en México desde 1857, en las cuales se prohibía a las corporaciones religiosas y civiles poseer grandes extensiones de tierra (fuera de lo indispensable para sus funciones). Estas leyes establecidas por los liberales a mediados del siglo XIX, iban encaminadas a destruir las viejas formas de tenencia de la tierra instauradas en la colonia, con lo que pretendían formar una clase de pequeños propietarios agrarios, con lo que no solamente afectaban al clero, sino también a las comunidades indígenas, liquidando la antigua estructura de propiedad comunal.[4]
     El resultado de estas leyes liberales no fue el que se esperaba, que era el surgimiento de una nueva clase de pequeños agricultores propietarios, sino una concentración latifundista de la propiedad agraria, que a partir del fraccionamiento de las propiedades de la iglesia y de las comunidades campesinas, estas fueron adquiridas a precios irrisorios por terratenientes de los latifundios vecinos.[5] Durante el porfiriato estas prácticas tuvieron su punto más crítico, pues a partir de las leyes previamente mencionadas, el proceso de despojo y acaparamiento de la tierra tuvo un recrudecimiento, el cual determinaría por completo la estructura agraria del régimen porfirista. Pues la política agraria del régimen no difería mucho de la instaurada décadas atrás, de hecho se montaba bajo los mismos principios de las Leyes de Reforma, pero el aspecto que debemos considerar es que estos mecanismos de control de la tierra iban encaminados a favorecer intereses particulares, a favor de un pequeño grupo de políticos y empresarios alrededor de Porfirio Díaz.
     El gobierno, según Herbert J. Nickel, protegía las usurpaciones de tierra por distintos hacendados y especuladores, toleraba el registro de propiedades rurales como terrenos baldíos en la posesión de comunidades indígenas y justificaba violaciones de contratos y acciones brutales en contra de las poblaciones que oponían resistencia a estos procesos de despojo y acaparamiento de las tierras,[6] a través del uso de los aparatos represivos del Estado, tales como el ejército federal, los cuerpos rurales y las guardias privadas de hacendados, quienes a través del uso de la violencia, además del despojo de tierras arrebataban el derecho al uso del cauce de los ríos.[7]

II.- El gran latifundio contra la propiedad comunal.

     A partir del año de 1880, cuando comienza a consolidarse el régimen porfirista como una dictadura de carácter progresista, es cuando las haciendas en México (no solamente las de la región central, sino las del norte y las del sudeste) comienzan a transformar sus dinámicas de producción; porque a partir de esta década, las buenas perspectivas que el mercado interno como externo ofrecía, aunado a las posibilidades de transporte, que pudieron darse con la construcción de la mayor parte de las vías férreas que conectaban a México internamente y con el extranjero, y la inversión de capital nacional e internacional, permitieron una mayor dinámica comercial entre las distintas regiones del país, estableciendo el desarrollo industrial de algunas haciendas clásicas, que se convertirían en haciendas totalmente modernizadas o industrializas. Permitiendo la introducción de maquinaria moderna, el uso de nuevos medios de transporte y fuentes de energía, que traería como consecuencia la creación de nuevas formas de producción y nuevas relaciones sociales de producción, cambiando totalmente la relación obrero-patronal.[8] Lo que traería como consecuencia una marcada división social del trabajo y la especialización de los trabajadores de las haciendas, los cuales, además de los trabajadores, peones y demás, contrataban electricistas, mecánicos, obreros de taller y la profesionalización de la administración, comercialización y explotación de la tierra, así como también la renuncia de las relaciones sociales paternalistas características del periodo colonial.[9]
     Sobre esto último, vale la pena resaltar que los lazos internos que prevalecían en México antes de la llegada de la Revolución Industrial, sufrieron en este periodo un debilitamiento que se vería reflejado en las formas de sociabilidad en relación a los trabajadores de las haciendas y los hacendados; quienes para el periodo que parte de 1880 comenzaron a considerar la propiedad de la tierra como un elemento de rendimiento económico, pues en esta etapa se volvió bastante común la compra y venta de haciendas a un mismo propietario, por lo que en ocasiones no era necesario que el hacendado habitara la propiedad, siendo remplazando por gente de confianza que cumplía la función de administrar la hacienda. De esta manera, tal y como lo menciona François Xavier-Guerra, aparece un nuevo tipo de hacendado, sin raíces locales, para quien la posesión de una hacienda es únicamente una inversión productiva en una explotación agrícola, sin que sea conciente de que hereda también funciones de cabeza de una comunidad humana de tipo señorial. Por lo que este fenómeno se vuelve bastante común en el periodo porfiriano, causando el alejamiento físico del hacendado, siendo sustituido por administradores, que ha menudo no son de la región y cuyo fin es obtener mayores beneficios de carácter económico.[10]
     La hacienda para estos momentos y sobre todo para le región del centro de México puede ser considerada como una empresa de carácter capitalista, sobre todo porque la producción se dedica a la acumulación del capital y a la ampliación de las redes comerciales tanto internas como externas, es así que a partir del desarrollo económico en el periodo porfirista ocurre un fenómeno de singular importancia en la zona central del país y el bajío, que es el de la apropiación a gran escala de las tierras indígenas, las cuales, tal como lo mencionamos anteriormente, a raíz de las leyes en relación a la tenencia de la tierra, las comunidades fueron despojadas completamente de sus tierras, principalmente por los hacendados, quienes para adquirir tierras, tenían que recurrir a maniobras políticas y judiciales, a confiscaciones, fallos judiciales, juicios hipotecarios y títulos impugnables, despojando de esta manera, las tierras que por herencia histórica les pertenecían a las comunidades campesinas.[11]
     Las expropiaciones más grandes que se dieron en esta época tuvieron lugar en la región más densamente poblada de México, en la cual las modernas haciendas en ciernes, quienes a partir de las leyes desamortización, iban a lanzar cada vez más un asalto renovado sobre las comunidades, cuestión que se vio reflejada en los métodos cada vez más sofisticados de acumulación de la tierra, por medio de usurpaciones, despojos y otra serie de artimañas de las que se valía la burguesía terrateniente, que mostraba su hambre de tierras, mucho mayor al que se pudo observar en el periodo colonial, despojando al individuo de su único medio de subsistencia que es la tierra, obligándolo a vender lo único que posee, que es su fuerza de trabajo.[12] 

III.- El campesinado en el centro de México.

     Todo parece indicar que los despojos de tierras iban encaminados a aumentar la producción de las haciendas y acrecentar las propiedades agrarias, pero considero que en este breve y muy general análisis estamos olvidando a todos aquellos sujetos de los que se compone la historia, ya que no estamos historiado en este apartado a los grandes personajes ni a las elites del poder, sino que cabe la pena mencionar a todos aquellos contingentes o multitudes que muchas veces son olvidados por los historiadores. Estudiando a estos grupos marginales, como es el campesinado y las distintas variantes de las que se compone la clase trabajadora del México rural durante el porfiriato, podemos obtener grosso modo una generalidad sobre las condiciones laborales de los trabajadores agrícolas en este periodo, y poder determinar como el desarrollo del capitalismo a finales del siglo XIX transformó por completo las relaciones obrero patronales, definiendo de esta manera la estructura agraria y las condiciones de trabajo dominantes durante el porfiriato.
     Si bien hemos podido examinar la relación de las haciendas y los pueblos durante el porfirismo y la moderna propiedad agraria, que significó la penetración capitalista en el campo mexicano, tenemos que analizar cuál es el papel de los individuos en este devenir, en el cual, el agro mexicano sufre un proceso de proletarización y destrucción del campesinado a través de la penetración del capital en el campo.[13] Y tal como lo señala Eric Hobsbawm, el desarrollo capitalista implicaba tres tipos de cambios, los cuales podemos adecuar perfectamente al desarrollo del México rural en la época que estamos analizando, en donde la tierra se convierte en mercancía, que esta propiedad estuviera en manos de hombres dispuestos a desarrollar los recursos productivos en su provecho y finalmente que la gran masa de la población rural pudiera vender su fuerza de trabajo al sector no agrícola de la economía.[14] Al parecer los primeros dos puntos de este análisis que Hobsbawm plantea han quedado más o menos claros en este trabajo, y por esta cuestión el último aspecto es el que será desarrollado a continuación.
     La descampesinización es en realidad el nacimiento de un proletariado agrícola arrancado con mayor o menor violencia de la tierra; ello sólo puede ocurrir paralelamente a una acumulación de capital y a una concentración de la producción que tiene de base el trabajo asalariado.[15] Ejemplo de esto que acabamos de mencionar es que a partir del despojo de tierras comunales que se generalizó en el porfiriato, se formó una masa de campesinos desposeídos, de la cual según Katz, sólo una porción mínima podía ser absorbida por la incipiente industrialización que experimentó el centro de México en esta época.[16] Creando con esto una mayor movilidad entre la clase trabajadora de la época, la cual buscaba medios de subsistencia mediante la venta de su fuerza de trabajo a las fábricas establecidas en la región o a los terratenientes locales.
     A esto último responde una de las problemáticas que la historiografía que se dedica al estudio del México agrario a estudiado con mayor énfasis, que son los medios de coerción social representadas por las formas de trabajo en las haciendas, las cuales responden de manera diferente dependiendo de la zona a estudiar, porque no es lo mismo decir que las condiciones laborales de los trabajadores agrícolas del centro de México son las mismas a las que se pueden observar en la zona norte del país, en donde el trabajador tienen una mayor movilidad, debido a la escasa mano de obra, que se debe a la baja concentración poblacional en esta zona, o al otro caso, que es el sudeste mexicano, en donde prevalecieron condiciones laborales de semiesclavitud, principalmente en las plantaciones de Yucatán y Valle Nacional, Oaxaca. Es así que para la región que analizamos en este trabajo, es importante precisar las condiciones imperantes bajo las cuales, el campesinado en la región central de México, en donde la concentración poblacional era mayor que en las dos otras zonas de producción agrícola antes mencionadas y en donde la escasez de mano de obra no representaba un problema grave, debido a la gran cantidad de trabajadores disponibles, lo que propició, según Herbert J. Nickel, una disminución del salario de los peones y al mejoramiento de los métodos de captación del trabajador, en los cuales el reclutamiento de la fuerza de trabajo, ya fuera peonaje por deudas, aparcería, contratos de trabajo libres, el empleo de extranjeros enganchados y de deportados, tuviera su punto más álgido en la historia de México.[17]

Estimaciones finales.

     Podríamos decir que grosso modo hemos tratado de definir cuales eran las características generales de la tenencia de la tierra en el centro de México y el Bajío durante el porfiriato, y llegar a la conclusión de que en efecto el desarrollo capitalista y la modernización de los procesos del producción en el sector agrícola, trajeron como consecuencia la modificación de las estructuras de sociabilidad entre los distintos grupos, y a través del análisis de las condiciones laborales de los trabajadores agrícolas, podemos entender algunas características que nos ayudarán a comprender más adelante el proceso de incorporación de algunos grupos de campesinos a la Revolución Mexicana, si bien sabemos que no todos los trabajadores de las haciendas se anexaron a las filas revolucionarias, si lo hizo un sector importante de estos.
     El verdadero problema no radica en estas afirmaciones, sino que la verdadera cuestión es de carácter historiográfico, debido a que el tema desarrollado en esta investigación se ha abordado de distintas maneras por los historiadores del siglo XX y ha sido sujeto de varias interpretaciones. Porque si bien el rompecabezas en relación a este tipo de estudios es muy incompleto, por lo que en ocasiones resulta bastante difícil hacer generalizaciones con respecto a algunos temas y no podemos asumir como verdad absoluta lo que se ha investigado hasta nuestros días. Si bien se tienen ideas precisas sobre algunos temas, como las redes financieras, la situación de las empresas, la condición de vida de los trabajadores o el proceso de privatización de tierras en algunas regiones o sectores particulares, estos todavía se enmarcan en un contexto bastante general, que resulta bastante difícil precisar y que puede llevar a hacer generalizaciones en cuanto al estudio del tema.[18]
     Desde el punto de vista de quien escribe estas líneas, considero que la mejor forma en como los historiadores podemos resolver el problema, es mediante el estudio de caso, es decir estudiar una hacienda en particular, y a través del estudio de estas unidades político-económicas del México rural, poder precisar las particularidades de cada zona, para no hacer generalizaciones con respecto a algunos temas.
     SI bien podemos tener una directriz con lo que acabamos de escribir en este ensayo, no podemos confiarnos del todo, debido a que esto es solamente la punta del iceberg en cuanto al estudio del sistema de haciendas y pueblos en el porfiriato, que si bien ha sido de bastante ayuda para poder esclarecer ciertas ideas con respecto a la función social de estas unidades que durante mucho tiempo fueron interpretadas por la historiografía revolucionaria como instituciones de carácter feudal, principalmente por sus dinámicas económicas y sociales, y que afortunadamente, con el pasar de los años la historiografía ha estudiado cada vez más estos temas desde una visión un tanto más objetiva, mostrando a la hacienda porfiriana como una empresa capitalista, completamente heterogénea, dependiendo de la ubicación geográfica de la misma.

Bibliografía.

- Gilly, Adolfo, La Revolución interrumpida, 2 ed, México, Ediciones Era, 2010.      
- Guerra, François-Xavier, México: Del antiguo régimen a la Revolución, México, Fondo de Cultura Económica, 1988.
- Hobsbawm, Eric, La era del imperio: 1875-1914. Disponible en Internet:
- Katz, Friedrich, La servidumbre agraria en la época porfiriana, México, Ediciones Era, 2010.
- Nickel, Herbert. J, Morfología social de la hacienda mexicana, México, Fondo de Cultura Económica, 1996.
- Paré, Luisa, El proletariado agrícola en México: ¿Campesinos sin tierra o proletarios agrícolas?, México, Siglo XXI, 1977.
- Womack, John, Zapata y la Revolución Mexicana, 13 ed, México, Siglo XXI, 1984.





[1] En relación a esta cuestión de las condiciones sociales y laborales de las haciendas del centro de México  y del bajío principalmente desde la época colonial a la Revolución Mexicana, tenemos el breve apartado que se encuentra en la obra compilatoria de Javier Garcíadiego, Gran Historia de México Ilustrada IV, De la Reforma a la Revolución: 1857-1920, México, Planeta DeAgostoni, CONACULTA, INAH, 2001. p. 156.
[2] Sobre las modificaciones de las relaciones sociales a raíz de la modernización de las técnicas de producción agrícola  en el porfiriato, tenemos el apartado de las haciendas en la obra de François-Xavier Guerra, México: Del antiguo régimen a la Revolución, México, Fondo de Cultura Económica, 1988.
[3] Hobsbawm, Eric, La economía cambia de ritmo en La era del imperio: 1875-1914. Disponible en Internet: http://www.biblioteca.org.ar/libros/131834.pdf. p. 13-14
[4] Gilly, Adolfo, La Revolución interrumpida, 2ed, México, Ediciones Era, 2010. p. 16-17. 
[5] ibidem. p. 19.
[6] Nickel, Herbert. J, Morfología social de la hacienda mexicana, México, Fondo de Cultura Económica, 1996. p. 108.
[7] Adolfo Gilly, op. cit., p. 32
[8] Herbert J. Nickel, op. cit., p. 136.
[9] ibidem. p. 138.
[10] François-Xavier Guerra, op. cit., p. 138.
[11] Womack, John, Zapata y la Revolución Mexicana, 13 ed, México, Siglo XXI, 1984.
[12] Adolfo Gilly, La Revolución interrumpida. p. 37.
[13] Paré, Luisa, El proletariado agrícola en México: ¿Campesinos sin tierra o proletarios agrícolas?, México, Siglo XXI, 1977. p. 15.
[14] ibidem., p. 17. 
[15] ibidem., p. 23.
[16] Katz, Friedrich, La servidumbre agraria en la época porfiriana, México, Ediciones Era, 2010. p. 33.
[17] Herbert J. Nickel, Morfología social de la hacienda mexicana, p. 153
[18] Sobre la historiografía relacionada a cuestiones agrarias en el porfiriato, tenemos el texto de Mauricio Tenorio Trillo y Aurora Gómez Galvarriato, El Porfiriato, México, Fondo de Cultura Económica-CIDE, 2006.